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Matrescencia: el proceso de convertirte en madre y no reconocerte

Hay algo que pocas personas te cuentan antes de tener un hijo. No es solo el cansancio, ni el cambio en los ritmos, ni la reorganización de la vida entera. Es algo más profundo y más difícil de nombrar: la sensación de que ya no sabes quién eres.

Muchas mujeres llegan a consulta describiéndolo con cierta vergüenza, como si fuera un problema personal: «Debería estar feliz y no lo estoy del todo. Me quiero a mí misma, quiero a mi hijo, pero no me reconozco. ¿Qué me pasa?»

Lo que les pasa tiene nombre. Se llama matrescencia.

En este artículo queremos hablar de este proceso (aún poco conocido en España pero con una presencia creciente en conversaciones sobre salud mental materna) porque ponerle nombre a lo que ocurre es, muchas veces, el primer paso para dejar de culparse por sentirlo.

 

¿Qué es la matrescencia?

El término matrescencia  fue acuñado en los años 70 por la antropóloga Dana Raphael y recuperado con fuerza en los últimos años gracias al trabajo de la psiquiátrica Aurelie Athan. Combina las palabras mater (madre) y adolescence (adolescencia), y describe la profunda transformación física, emocional, hormonal, social e identitaria que vive una mujer al convertirse en madre.

La comparación con la adolescencia no es casual. Durante la adolescencia, el cuerpo cambia, el cerebro se reorganiza y la identidad se reconstruye desde cero. Hay confusión, intensidad emocional, sensación de no encajar del todo. La matrescencia es exactamente eso: una metamorfosis que sacude los cimientos de quién eres, con la diferencia de que socialmente se espera que se viva con alegría incondicional y sin demasiado ruido.

Y ese silencio es uno de los problemas más grandes.

 

Una transformación que va mucho más allá del posparto

Cuando hablamos de salud mental en la maternidad, el foco suele estar en la depresión posparto o en la ansiedad perinatal. Son realidades importantes que hay que atender. Pero la matrescencia no es un trastorno: es un proceso normal, no patológico, que viven todas las mujeres que se convierten en madres, con independencia de cómo sea su parto, de si tienen pareja, de si la maternidad era buscada o no. Es un proceso adaptativo y si, dura más de 40 días.

Lo que ocurre durante la matrescencia incluye, entre otras cosas:

  • Cambios neurológicos reales. La investigación en neurociencia ha documentado que el cerebro materno se reorganiza de forma significativa durante el embarazo y el posparto. No es una metáfora: el cerebro cambia y se prepara para atender las nuevas exigencias.
  • Redefinición de la identidad. Aquello que antes definía quién eras (tu trabajo, tu autonomía, tus relaciones, tu cuerpo, tu forma de estar en el mundo) se ve alterado de manera profunda y es necesario un tiempo para encajar en tu realidad el rol de madre.
  • Emociones contradictorias. Amor intenso y agotamiento extremo. Gratitud y resentimiento. Deseo de estar con el bebé y necesidad de escapar. Todas esas emociones son válidas. Y todas pueden coexistir. Son normales.
  • Conflictos con la propia historia de vida. Como ya hemos hablado en otras ocasiones, la maternidad tiene una capacidad especial para despertar heridas de la familia de origen, el vínculo con la propia madre, la niña interior que ahora pasa a ser adulta cuidadora.
  • Cambios estructurales a nivel familia de origen y pareja: no solo nace un bebe. También nace una madre, un padre y unos abuelos. La que era hija ya no sólo es hija también es madre. Ya no sólo somos pareja, somos padres.  Todos estos nuevos roles y todas estas nuevas formas de vincularse necesitan espacio, tiempo y reajustes. Notar que las relaciones cambian, que nos cuesta generar estos cambios y que despiertan dinámicas que nunca se habían vivido, es totalmente normal y puede resultar muy removedor. 

 

"No me reconozco" no significa que algo vaya mal

Una de las frases que más escuchamos en consulta cuando trabajamos terapia perinatal es precisamente esa: «No me reconozco».

Y entendemos la angustia que hay detrás. Porque en una cultura que asocia la maternidad con sentirse completa y realizada, sentirte perdida parece un fracaso.

Pero no lo es.

No reconocerse durante el posparto es, en muchos casos, la señal de que la transformación está ocurriendo de verdad. El problema no es la pérdida de identidad en sí misma: el problema es vivirla en soledad, sin nombre, sin acompañamiento y con la presión de aparentar que todo va bien y pensándolo como un problema.

Como hemos señalado en otros artículos, el mito de la madre perfecta tiene mucho que ver con esto. La expectativa de que una madre debe estar siempre disponible, entera y feliz deja muy poco espacio para el proceso real que está viviendo.

 

Las etapas de la matrescencia

Aunque cada mujer vive este proceso de manera diferente, hay algunos movimientos comunes que podemos reconocer:

  • Una primera fase de desorientación. El mundo tal como lo conocías ha cambiado de golpe. Tus prioridades, tus tiempos, tu cuerpo, tus relaciones. Hay una sensación de no saber muy bien dónde quedas tú en todo esto
  • Una fase de duelo. Sí, duelo. No por haber tenido un hijo, sino por la versión de ti misma que existía antes. Esa mujer no desaparece, pero tampoco puede seguir siendo exactamente la misma. Y ese duelo es legítimo, aunque socialmente no tenga espacio
  • Una fase de integración. Poco a poco, con tiempo y acompañamiento, es posible ir construyendo una nueva versión de una misma que integre la maternidad sin borrarse. No se trata de volver a quien eras, sino de descubrir quién puedes llegar a ser

 

El impacto en la pareja y en el sistema familiar

La matrescencia no ocurre aislada. Todo proceso de transformación individual tiene repercusiones relacionales.

Ya hemos hablado en profundidad de cómo la crianza puede afectar a la pareja y de cómo la desconexión emocional entre los dos miembros suele crecer en silencio durante los primeros años de maternidad y paternidad. Cuando una mujer está atravesando la matrescencia, esa distancia puede intensificarse si no hay comprensión mutua de lo que está ocurriendo.

El entorno a veces no entiende lo que le está pasando a ella. Muchas veces, ella misma tampoco.

Por eso es tan importante hablar de este proceso también desde la terapia de pareja, para que ambos puedan comprender que lo que está viviendo ella no es una crisis personal aislada, sino una transformación normativa, propia del momento de ciclo vital en el que se encuentra, que afecta a todo el sistema familiar y que merece ser acompañada.

 

¿Cuándo buscar ayuda profesional?

La matrescencia, como hemos dicho, es un proceso normal. Pero eso no significa que haya que vivirla sola ni que el malestar deba ignorarse.

Hay señales que indican que puede ser un buen momento para buscar acompañamiento:

  • Sientes que el malestar persiste en el tiempo y no encuentras una forma de transitarlo sola
  • Las emociones te desbordan con frecuencia y no sabes muy bien qué hacer con ellas
  • Sientes que has perdido completamente el hilo de quién eres más allá de la maternidad
  • La relación con tu pareja, con tu familia de origen o contigo misma se ha deteriorado de forma significativa
  • Tienes pensamientos que te generan vergüenza o miedo y no sabes con quién hablarlos

En esos casos, la terapia perinatal puede ofrecer un espacio donde explorar lo que está ocurriendo, sin juicio y sin la presión de tener que estar bien. Un espacio donde poder decir «no me reconozco» y que alguien te ayude a entender que eso, lejos de ser un fracaso, es el punto de partida para algo nuevo.

Nombrar para dejar de culparse

Uno de los mayores regalos que puede ofrecernos el concepto de matrescencia es nombrar una realidad. Darle un espacio. El lenguaje crea realidad y este término es lo que está permitiendo.

Cuando lo que sentimos no tiene nombre, tendemos a interpretarlo como un defecto propio. «Soy yo que no lo llevo bien», «otras lo hacen sin quejarse», «debería poder con esto».

Pero cuando entendemos que lo que estamos viviendo es un proceso universal, documentado, estudiado y compartido por todas las mujeres que se convierten en madres, algo se afloja. La culpa pierde un poco de su fuerza. Y desde ahí, es posible empezar a mirarse con más compasión.

Desde Cristina Rocafort Psicología acompañamos a mujeres en todas las etapas de la maternidad. Desde el deseo de ser madre, pasando por el embarazo, el posparto y la crianza. Porque creemos profundamente que no existen malas madres, sino mujeres que necesitan acompañamiento para transitar los cambios que la maternidad trae consigo.

Si sientes que estás en medio de ese proceso y necesitas un espacio seguro donde explorarlo, estamos aquí.

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