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Una tacita de leche con miel

Esta tarde he ido a recoger a mi niña mayor a casa de mi madre. Estaba con bastante tos y mi madre ha recordado la cantidad de noches sin dormir que nos hemos pegado juntas, tomando leche con miel y un poquito de bizcocho para ver si yo dejaba de toser.

Hemos vuelto a casa. Baños. Cenas. Acostar a la pequeña. Orinal. Cuento. Canciones (Chiquitita y el himno del Zaragoza) y tras esta maratón…. Evidentemente la memoria de Clara no ha fallado:

“Mamá la tacita de leche con miel para mi tos”

Mi primera reacción os la imagináis ¿no?

Que pereza…. Con la de cosas que tengo que hacer…. mi cabeza empieza a enumerarlas una a una y contándome que todas son muy urgente.

Pero imaginaos… como para decirle que no:

– “Espérame, te lo traigo a la habitación” 

He salido y lo estaba preparando cuando la he visto aparecer feliz por la cocina.

“Hoy no se duerme hasta las mil… adiós a todo lo que tengo que hacer” – eso he pensado al verla.

Suena el microondas y tengo su leche lista.

Algo en su carita ha hecho que frene y me siente con ella a tomar su tacita de leche.

He recordado a mi madre. O más bien.. me he recordado de niña. En esos momentos de complicidad con mi madre.

¿Hay algún súper poder mayor que el de una madre?

Solo una madre tiene el súper poder de curarlo todo con un vasito de leche con miel y un trozo de bizcocho, ¿no crees?

Me ha mirado feliz.

“Me está sentando muy bien mami, gracias”

Yo me he derretido como la miel que minutos antes le había puesto en su leche.

Entonces he pensado en que, en unos años, será ella la que vuelva a ese momento cada noche que tenga tos y se tome un vasito de leche. Además de aliviada creo que se sentirá extremadamente cuidada.

Ha terminado y todos mis pronósticos han sido fallidos.

Se ha dormido sin problema y yo, he podido hacer alguna de esas cosas que ya no eran tan urgentes y que podían esperar… 

He cerrado la puerta de su cuarto y me he puesto a pensar en lo que había pasado por mi cabeza los últimos minutos…

Que difícil resulta bajar revoluciones, que difícil resulta muchas veces entrar en su mundo, pero que importante y que bueno es… que bien nos hace a todos.

A ella, porque le regalo momentos, le demuestro  que merece ser cuidada y creo (o al menos eso me digo) que estoy aportando mucho para que sea una mujer feliz.

Y a mí… porque me recuerda lo verdaderamente importante.

Todo puede esperar, todo, salvo esa tacita de leche con miel.

Este es un recordatorio para que tengas muy presente lo mucho que estás haciendo cuando crees que no estás haciendo nada de todo lo pendiente.

Importa poco ese vasito de leche .

Lo que importa como se ha sentido ella.

Importa lo cuidada que me recuerdo cuando veo esa tacita de leche y me traslado a las noches en las que era yo quien la pedía.

También es un espacio para compartir lo difícil que resulta, como adultas, cuando estamos agotadas, no perder la paciencia y poder estar disponibles.

A mí me ayuda conectar con lo que quiero que recuerde de cómo yo, en general, me relaciono con ella.

También, conectar con que, para ella, no hay nada más emocionante (por ahora) que pasar tiempo con su madre, y eso, es un regalo que creo que pronto extrañaré.

Sin embargo, también sé que no todas las noches estaré para poder sostener esa petición de la tacita de leche, o al menos, no de la misma forma.

Habrá días que, por mucho que intente conectar, que recuerde o que trate de frenar, no lograré bajar revoluciones y ese día, también estará bien.

Recuerda: no necesitamos ser madres perfectas, sino lo suficientemente buenas.

Y ya que estoy.. gracias mami por esas tácitas de leche con miel y ese bizcocho tantas noches sentada conmigo esperando a que la tos pasara. Hoy, he vuelto allí y he vuelto a sentirme cuidada.

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Soy Cristina Rocafort, tu psicóloga en Zaragoza

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